
“Me llamo _____ y soy feminista anti gordofobia”.
Durante mucho tiempo, esta era mi carta de presentación ante mis pares y la academia.
Una que personalmente me dejó sin espacio para existir fuera de esa definición.
Y por eso hoy me pesa tanto la siguiente afirmación: me hice un bypass.
¿Cómo se puede hablar de gordofobia siendo una persona que mutiló su propio cuerpo por la promesa de la delgadez?
O al menos este es el término que utiliza Lara Gil en su libro “Manual para romper un cuerpo”.
Mutilación.
No busco contar esto para empatizar con la idea de promover un procedimiento que forma parte de una cultura que nos exige perfección.
Pero tampoco quiero seguir castigándome todos los días, pidiendo perdón por existir como alguien que tomó una decisión incómoda, una decisión que hoy en día considero tan mía como de la sociedad.
Cuento esto porque estoy cansada.
Cansada de cargar con los problemas del mundo en la espalda.
Cansada de cargar con la culpa de mi decisión.
Pero ¿qué motiva a una persona a mutilar su cuerpo?
Algo de lo que casi no se habla dentro de la experiencia de ser gorda:
La diferencia entre ser una gorda aceptable a ser una gorda no aceptable.
Yo fui, durante mucho tiempo, una gorda aceptable.
“Pero tú tienes una carita preciosa”, me decían.
Cómo si por ende, yo tuviera un “pase”.
Incomodaba, sí, pero “no tanto”. Era tolerable.
Encajaba lo suficiente.
Pero el cuerpo –como todo– cambia.
Y hace tres años eso sucedió.
30 kilos más en tres meses.
Y dejé de ser aceptable.
Y aunque yo creía que ya había hecho las paces con mi cuerpo, aunque pensaba que entendía la gordofobia y cómo opera en maquiavélicas formas.
No estaba preparada para el nivel de rechazo que el mundo iba a ofrecerme.
Pues no es lo mismo ser “la gordita” a ser “la gorda”.
El mundo te lo deja muy claro.
Porque, además ya no me veía representada en ningún lado.
Ni en películas, ni en redes. Solo veía cuerpos “curvy”, planos, digeribles.
Cuerpos que sí podían mostrarse.
Y cuando el mundo deja de verte, empiezas a desaparecer tú también.
Y durante mucho tiempo, después de la mutilación creí que no tenía derecho a hablar de esto.
Existe un antes y un después de alterar tu cuerpo para siempre.
Antes donde sentía acompañamiento ahora sentía pena.
Sentía que era una hipócrita.
Que no podía hablar de gordofobia si yo misma había modificado mi cuerpo para encajar.
Y entonces hice lo que mejor sabía hacer: pedir perdón.
Desde que tengo uso de razón pedí disculpas por ser gorda.
Pedí disculpas también por amarme siendo gorda.
Pedí disculpas por sentirme atractiva siendo gorda.
Pedí disculpas por no poder aceptarme.
Pedí disculpas después por cambiar.
Por “abandonar la lucha”.
Por bajarme del barco.
Por no ser lo suficientemente fuerte.
Por ser una ex-gorda.
Y pedí disculpas por ser ex-gorda hablando de gordura.
Todo el tiempo disculpándome.
Y todo el tiempo pidiendo perdón.
Hasta que por fin me pregunté:
¿Y quién me pide perdón a mí?
¿Quién responde por los años de discriminación, de rechazo, de violencia?
Nadie.
Porque eso implicaría que el mundo se hiciera responsable.
Y el mundo no lo hace.
Eso implicaría también que mi trabajo aquí está terminado y que ya no tendría que pedir respeto.
Pero hoy, ya no quiero pedir más.
No quiero pedir que me entiendan.
No quiero pedir que no me juzguen.
No quiero pedir permiso para existir.
Solo quiero poder tener un espacio para hablar, para contar, para platicar y crear comunidad.
Quiero contar lo que viví, por si alguien encuentra un poco de mí en su historia.
Porque para eso existe Narrativas Gordas.
Para hablar desde el cuerpo.
Para entender que ninguna experiencia gorda es igual a la otra.
Y que justo ahí es donde radica la belleza de la representación.
Una representación que busque contar.
Lo que sea, todo y nada; tus vivencias y las mías.
Hoy es desde aquí donde apoyo la lucha contra la gordofobia, desde la búsqueda por la representación diversa.
Porque ninguna niña, adolescente o mujer debería vivir el odio del mundo en su cuerpo.
Ninguna debería sentirse ajena a experiencias por su corporalidad.
Ninguna debería pedir perdón por existir en el cuerpo que habita.
Y ninguna debería sentir la necesidad de reducirse para poder encajar.
La lucha nos pertenece a todas.
A las que están al frente.
A las que están en los márgenes.
A las que luchan en silencio.
Y también a las que están luchando consigo mismas.
En esta nueva propuesta de representación encuentro un mar inmenso de experiencias.
Un océano entero de matices.
Y en ese océano tan grande,
podemos encontrarnos.
Te presento así a Narrativas gordas
-Ballena crítica