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Mujeres que han impulsado el movimiento anti-gordofobia: México, Latinoamérica y una perspectiva más radical

Actualizado: hace 2 días

Hablar del activismo anti-gordofobia en la actualidad, únicamente desde Estados Unidos deja fuera algo fundamental: nuestras realidades. La narrativa estadounidense regularmente se centra en derechos civiles, representación mediática y discursos de salud, pero esto no alcanza a explicar lo que ocurre en territorios atravesados por colonialismo, pobreza estructural, racismo y violencia de género como los nuestros. Por eso es importante contar esta historia desde una perspectiva hispanohablante para reconocer que acá la lucha tomó otros caminos, pero, sobre todo, otras urgencias. 


1. Latinoamérica: del “fat acceptance” a los cuerpos sin patrón 

En Latinoamérica, una de las primeras miradas radicales hacia la gordofobia surge con Constanzx Álvarez Castillo, autora de La cerda punk, una recopilación de ensayos alrededor de la gordura y de sus ganas por no limitarse a la aceptación corporal; aquí cuestiona de raíz la lógica que representa el “aceptar” algo que la propia sociedad declaró indeseable. No basta con decir “valemos”; propone ir más allá, propone: cuerpos sin patrón. Termino acuñado también por Laura Contrera y Nicolás Cuello en CUERPOS SIN PATRONES Resistencias desde las geografías desmesuradas de la carne.


Álvarez declara que enunciarse como gordx es activismo y en América Latina, esa enunciación se vuelve radical. El activismo gordo aquí no surge únicamente desde espacios académicos, sino desde movimientos de mujeres, espacios anarkopunks, feministas de distintas olas y comunidades disidentes. A diferencia del imaginario blanco occidental que suele dominar el discurso global, en Latinoamérica muchas de las voces más visibles provienen de mujeres y población no heterosexual. 


Álvarez se proclama firmemente: “No tengo sobrepeso, soy GORDA… y quiero que se me note más de lo que ya se me nota.”  


Nombrarse gorda no como insulto sino como posicionamiento político, reclamar el poder de nombrarse y determinar las condiciones bajo las cuales se usa nuestro nombre es un acto de liberación; por eso el autonombramiento es resistencia. Pero aparte de esto el activismo latinoamericano tiene una consigna mayor: identificar que si solo se busca la aceptación dentro del mismo sistema que oprime, se corre el riesgo de reproducir sus propios paradigmas. 


La lucha, entonces, no es solo por representación. Es por desmantelar los estándares que definen qué es salud, normalidad y belleza. 


2. México: desmontar el pacto de blanquitud dentro del activismo 

En México concretamente, el movimiento anti-gordofobia llegó en un inicio muy influenciado por el activismo estadounidense: discursos sobre representación en moda, asientos de avión, tallas incluyentes y salud en todas las tallas. Pero en los últimos años se ha buscado que esto evolucione poco a poco. 


El contexto mexicano obliga a replantear prioridades, como menciona Samantha Sanlu en su blog al respecto: Somos casi 127 millones de personas; el 43.9% vive algún grado de pobreza y carencia social. El 36.1% habita cuerpos gordos y una gran parte de esa población pertenece también a grupos históricamente discriminados: mujeres cis y trans, personas LGBTQIA+, población indígena y racializada, personas con discapacidad, infancias y personas mayores.  Lee más al respecto aquí.


Aquí la gordofobia, a diferencia del caso con nuestros vecinos blancos, no camina sola, de hecho, está duramente entrelazada con el racismo, clasismo, transfobia, capacitismo y precarización. Es por esto que las propias mujeres mexicanas afectadas por estas redes de discriminación han apuntado a la necesidad de una nueva forma de ver, criticar y portar la voz activista en el movimiento. 


Colectivos como Gordas Expansivas han comenzado a señalar algo incómodo pero necesario: el activismo gordo en México ha reproducido, muchas veces, un enfoque hegemónico y colonialista, tomando como referentes casi exclusivos a activistas blancas anglosajonas y centrando la denuncia en problemáticas que afectan principalmente a sectores privilegiados. 


¿De qué sirve exigir diversidad de tallas en marcas extranjeras cuando gran parte de la población gorda no puede pagar una prenda nueva? ¿A quién representa la denuncia sobre el tamaño de los asientos de avión cuando muchas personas apenas pueden pagar el transporte público? Estas preguntas son válidas y surgen desde un nivel de crítica mayor al que muchas veces estamos dispuestos a llegar. 


Hoy, la corriente más crítica del movimiento en México busca ampliar el enfoque: no solo hablar de moda o representación, sino reconocer que la gordofobia es una opresión sistémica que convive con muchas otras y que, mientras no escuchemos a quienes viven en la periferia de la norma, la lucha seguirá siendo parcial. 


Contar esta historia desde México y Latinoamérica no es con el afán de dividir el movimiento, sino con las ganas de complejizarlo y reconocer que el gordo-odio, (otro concepto que se propone desde la radicalización en Latinoamérica) no se vive igual en todos los cuerpos ni en todos los territorios. Y que, si el activismo quiere ser verdaderamente transformador, necesita incomodarse y abrir espacio a todas las voces que históricamente han quedado fuera, incluso dentro de la propia lucha. 



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