Mujeres que han impulsado el movimiento anti-gordofobia: El inicio en Estados Unidos
- Ballena Crítica

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Actualizado: hace 2 días
Si hoy hablamos del movimiento anti-gordofobia, como un concepto relativamente familiar en el ámbito de las redes sociales, es fácil olvidar que hace no mucho nada de esto tenía nombre. Y aunque el movimiento ha cambiado bastante en discurso, en sujetos políticos y en estrategias, vale la pena regresar a uno de sus primeros capítulos en Estados Unidos.
No sin antes mencionar algo muy importante: la lucha estadounidense si bien es importantísima para entender la historia detrás del movimiento, esta no es en ninguna forma igual a la mexicana o a la hispanohablante. Esto debido a que en el contexto racial, jurídico y político es distinto, pues en Estados Unidos el activismo gordo surgió muy vinculado a la lógica de los derechos civiles y la organización formal; por otro lado, en México, el debate ha llegado más tarde y suele dialogar de manera más cercana con feminismos radicales, discusiones decoloniales y críticas de clase. Sin embargo, aunque las trayectorias sean diferentes, lo que ocurrió en Estados Unidos abrió camino para lo que hoy entendemos como movimiento anti-gordofobia.
La historia empieza a finales de los años sesenta, cuando comenzaron a intensificarse políticas de control alimenticio y discursos médicos que colocaban el peso corporal como problema público urgente. En ese ambiente de regulación y vigilancia del cuerpo nace el primer atisbo de activismo gordo organizado con la fundación de la National Association to Advance Fat Acceptance (NAAFA) en 1969.

Su fundador, Bill Fabrey, estaba harto del trato humillante que recibía su esposa por su corporalidad, lo que inició una indignación personal que se convirtió en organización colectiva tras reunir a otras personas que también estaban cansadas de la discriminación y a la par, lograron una asociación enfocada en la “aceptación gorda”.

La NAAFA apostaba por combatir la discriminación social y laboral, buscando respeto y reconocimiento, pero aquí es donde la historia se pone interesante, pues debido a la diversidad de pensamiento no todas las personas involucradas estaban satisfechas con esa postura. Esto porque a principios de los años setenta, un grupo de feministas en California quiso sumarse, pero pronto consideraron que el enfoque no era lo suficientemente radical, pues, como mencionaba, esto apenas era un atisbo de lo que la lucha podía llegar a ser.
Las mujeres que se identificaban como más radicales sentían que hablar de aceptación no era suficiente cuando lo que estaba en juego era una opresión estructural. Así que en 1972 decidieron tomar un camino más enfocado hacia la crítica política y fundaron el colectivo Fat Underground.
Y aquí cambia el tono, pues las pertenecientes a este colectivo no hablaban solo de aceptación, hablaban de liberación gorda. En 1973 publicaron el Fat Liberation Manifesto, un documento que hoy es histórico, donde exigían los mismos derechos para las personas gordas en todas las áreas de la vida y denunciaban directamente la toxicidad de la industria de las dietas, los discursos médicos reduccionistas y las limitaciones impuestas por las tallas en la moda. En ese manifiesto se declaraba a estas instituciones como enemigas tanto de la gordura como del feminismo.
El activismo radical creció y se extendió a ciudades como Boston y otras regiones de Nueva Inglaterra. Lo que comenzó como reuniones de personas cansadas de ser humilladas se transformó en una red política que cuestionaba abiertamente la cultura de la dieta y el poder médico.

Es en este contexto donde comienza a circular con fuerza el término fat liberation (liberación gorda), no nace en la academia, sino en las movilizaciones. Después, con el paso del tiempo, estos debates llegarían al ámbito universitario bajo lo que hoy conocemos como Fat Studies, de la mano de investigadoras como Charlotte Cooper y Marilyn Wann quienes compartirían sus aportes a este campo, ampliando la conversación hacia perspectivas más interseccionales y críticas.
Sin embargo, aquellos primeros movimientos como Fat Underground o NAAFA, aunque pioneros, no siempre consideraron cómo la raza y la clase afectaban la experiencia de la gordofobia; esto debido a que la mayoría de sus integrantes eran mujeres blancas. Y para comprender cómo el peso ha sido regulado, juzgado y castigado de forma diferente a través de las dimensiones raciales, es útil relacionar el activismo de aceptación de la gordura con los aportes del feminismo negro.
Este que desde décadas antes tenía herramientas conceptuales para señalar cómo el cuerpo de las mujeres negras había sido estigmatizado de manera diferente al de mujeres blancas y cómo esa estigmatización corporal habría funcionado para justificar otros sistemas de opresión racial y de clase que también operaban en las instituciones médicas, laborales y sociales.
Publicaciones recientes como Fearing the Black Body, de Sabrina Strings, retoma estas reflexiones para decir algo que The Fat Underground no llegó a decir en su momento: que la fobia a la gordura no es neutra ni universal, sino racializada y producto de sistemas históricos de supremacía blanca.
En pocas palabras: que el movimiento anti-gordofobia debe ser interseccional.

Hoy el movimiento en Estados Unidos es distinto al de los años setenta. Está profundamente atravesado por activismos negros, queer y de personas con discapacidad que han señalado los límites del activismo mayoritariamente blanco de sus inicios. También se ha trasladado con fuerza a redes sociales, debates académicos y luchas legales para que el peso sea reconocido como categoría protegida contra la discriminación en ciertos estados y ciudades.
Sin esas primeras reuniones, esos manifiestos incómodos y esas rupturas internas, probablemente hoy no hablaríamos de movimiento anti-gordofobia como lo hacemos. Con el privilegio de cuestionarlo y pedirle más; lo cual me lleva a lo que para mí es quizás la parte más interesante de esta historia: que incluso dentro del movimiento hubo tensiones y las seguirá habiendo, mostrando así que la gordura al igual que cualquier otra opresión es vivida desde distintos sentires y pensares, manteniendo la discusión y la lucha viva desde el debate interno de cada mujer identificada.


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