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Paraíso ¿Cuánto pesa el amor?

Actualizado: hace 2 días

Ciento cinco minutos de ansiedad por perder de peso. Para mí así se sintió Paraíso


Esta historia nos presenta a Carmen, una mujer en sus treinta que lleva una vida tranquila y aburrida con Alfredo, su esposo, hasta que una mudanza a la Ciudad de México cambia su rutina. Recién instalados, asisten a una elegante fiesta del banco donde trabaja Alfredo. Carmen, con pocas opciones para vestir, acude insegura con su elección; ahí, sin querer, escucha a unas compañeras de su esposo burlarse cruelmente de sus cuerpos y de su vestido. ¿Por qué? Porque Carmen y Alfredo comparten una característica que los une: los dos son gordos. Aunque ella guarda silencio en ese momento, esta situación tan incómoda se queda grabada en su mente, generando una inquietud que la acompañará durante toda la trama. 



Al día siguiente, mientras intenta descubrir la ciudad a pie, Carmen se topa con una clínica “milagrosa” para bajar de peso y se deja seducir por las ingeniosas palabras de uno de estos coaches que venden la promesa de un cambio.


Después de comprar el paquete que asegura “arreglar su vida” con sesiones de acompañamiento, dieta personalizada y un libro; convence a Alfredo de hacer la dieta juntos, pero su proceso pronto se convierte en una carrera por perder peso donde él adelgaza con rapidez mientras ella acumula frustraciones al no ver cambio alguno.  


En medio de este caos, Carmen pasa por varios momentos incómodos, sensibles y dolorosos; encuentra a la par consuelo en un grupo de mujeres que cocinan, mientras Alfredo empieza a recibir atención por su nueva figura y se enfrenta a un nuevo mundo de delgadez que incluye la atención de una compañera de trabajo.


La cinta busca, de cierto modo y de manera satírica, hacer una crítica a la cultura de la dieta y no es que no lo haya logrado, pues algunas escenas lo hacen, pero otras, a mí parecer, se quedan bastante cortas en su reflexión. Sin embargo, vale la pena empezar por lo que sí acierta, pues no pretendo ser una hater sin fundamento. Vamos por partes: 


  1. ¡Usaron a una actriz gorda! 

    Daniela Rincón, quien da vida a Carmen, retrata con precisión la ansiedad que muchas mujeres hemos vivido al intentar perder peso dentro de una cultura profundamente gordofóbica, empeñada en hacernos sentir incómodas por habitar nuestros cuerpos; y esto lo hace desde su propia corporalidad y talento. Podrá sonar un tanto absurdo, como aplaudirle al pez por nadar, pero teniendo en cuenta que el uso de fat suits está tan normalizado en la industria audiovisual (aquí también se usó uno pero más adelante te lo cuento), reconozcamos por un segundo lo que deberían darnos por default.  

  1. ¡Las personas gordas también cogen! 

    ¡Qué novedad! Pero sigue siendo raro ver cuerpos grandes en el cine y mucho más raro verlos compartir un momento de intimidad como lo es el sexo. Paraíso nos muestra esto desde la primera escena, donde Carmen y Alfredo disfrutan de la cotidianeidad de un despertar por la mañana en pareja: deseo y conexión entre dos personas enamoradas. Y de nuevo, puede sonar mínimo, pero considerando que la película es de 2013 y que incluso hoy estas representaciones siguen siendo escasas (La escena del carruaje de Penélope en Bridgerton y fue alcanzada por el público equivocado), debemos nombrarlas para así saber exigir lo que deseamos ver en pantalla. 

  1. “Al mal peso darle prisa”

     El slogan de la clínica es tan estúpido como efectivo, porque pienso que una de las cosas que destacan, y que no fueron bajo esta narrativa de hacer lo mínimo, es que la película logra hacer una buena sátira de estos gurús de la dieta que se hacen llamar coaches. Luis Gerardo Méndez interpreta al coach de pérdida de peso y expone de manera perfecta lo absurdo de este discurso. Utiliza la pérdida de peso de sus clientes como un incentivo y competencia con frases como: “Nunca es tarde para retomar el camino y ayudarnos a vencer a la sucursal de Villa Coapa”. 

  1. ¡El pretty privilege existe! (y nadie lo sabe mejor que un ex-gordo) 

    Cuando Alfredo comienza a bajar de peso, también empieza a cambiar todo. Su relación, su personalidad, la forma en que el mundo lo trata; la ropa ya le queda, las personas son más amables y las mujeres le coquetean.  


Carmen empieza a lidiar, no solo con no poder bajar de peso, sino con ver cómo su esposo comienza a acceder a privilegios que antes no tenía. Esta es, quizá, la parte más desgarradora de la película; ver como Carmen poco a poco ya no lo reconoce y siente que quien consideraba el amor de su vida comienza a ser otra persona.  


Esto demuestra con claridad el impacto del peso en una sociedad pesocentrista. La presión por pertenecer que destruye la salud mental de Carmen contrastada con la liberación que experimenta Alfredo, evidenciando lo opresivo que es el trato cotidiano hacia los cuerpos gordos, que al deshacerse de un poco del peso que los oprime sienten alivio, casi como ir abriéndole el paso a una válvula para respirar. 


Si bien todos estos sentimientos son reales y la mayoría de las personas gordas o que fueron gordas han experimentado; muchas veces la crítica que se hace hacia el contenido que suelen mostrar en cines es la falta de un personaje gordo que viva una vida más allá de su peso, porque lo hay, porque existe, porque la aceptación y celebración corporal también la pueden vivir las mujeres gordas y es así como pasamos a los temas que, a mí parecer, faltó tratar.  

Aunque la historia intenta dar luz a discursos importantes, también cae en lo mismo de siempre: reducir a la mujer gorda únicamente a su gordura. Carmen es gorda queriendo bajar de peso, gorda comiendo, gorda pensando en comida; todo gira en torno a eso, pues cuando algo le sale mal, come. Cuando se siente triste, come. Cuando está sola, come; o en su defecto, cocina. Como si no hubiera otra forma de existir siendo gorda que no sea con algo en la boca o pensando en lo que no debería comer. 


Y eso nos lleva a otro punto que me pareció importantísimo y es que nunca sabemos quién es Carmen más allá de su corporalidad. No sabemos qué le gusta, qué le apasiona, si tiene algún hobby (además del club de cocina, que me pareció algo lindo de ver, pero sigue siendo una actividad alrededor de la comida). No hay intereses, no hay ocupaciones, porque también hay que recordar que dejó toda su vida atrás al mudarse, pero antes de eso tampoco demuestran algo que le gustara; mostrando así, que no hay nada que no esté ligado a su peso. Ser gorda es literalmente su única característica y eso aburre, porque las mujeres gordas también viven, disfrutan y tienen deseos que no empiezan ni terminan en una dieta. 


Y mucho tiene que ver desde dónde y desde quiénes escribieron a los personajes. Luis Gerardo Méndez y Mariana Chenillo platican la idea detrás del guión en este podcast con Marta Debayle


dónde comentan que, en efecto, su propósito era demostrar que puede existir amor más allá de una talla, lo que nos habla de una reflexión distinta a la que actualmente se desea. 


Hoy en día buscamos escapar del discurso trillado de “ámate y no cambies por los demás” y pasar a uno mucho más incómodo, pero necesario, como: “¿y por qué no cuestionamos al sistema que nos obliga a querer cambiar en primer lugar?”.


Paraíso, sin embargo, se queda a medio camino.


Repite estereotipos envejecidos que tampoco quiero juzgar con una mirada del 2026, teniendo en cuenta que la película es de 2013; pero, por ejemplo, la idea de que las personas gordas no hacen ejercicio o que, cuando lo intentan, todo les sale mal. Carmen prueba distintas actividades para moverse, pero la narrativa insiste en que fracasa siempre, como si su cuerpo estuviera programado para no lograrlo. 


A esto se suman violencias tan normalizadas que casi pasan invisibles: el fat suit que usa Andrés Almeida para interpretar a Alfredo antes de adelgazar, una práctica tremendamente denigrante que consta de usar a un actor delgado y disfrazarlo de “persona gorda” con una panza falsa y prostéticos que ayuden a crear la ilusión.

O el estereotípico dilema de “nada me queda” sin que nadie señale a la industria por no ofrecer tallas, o el hecho de que Carmen repite el mismo vestido tres veces sin que exista un solo diálogo que cuestione por qué no hay opciones. El problema, otra vez, nunca lo muestran como uno estructural, el protagonista es su cuerpo. 


Y al final, lo que más se queda en mi mente es el miedo que atraviesa toda la película: la idea de que nadie te va a amar si no cambias. Que el amor es condicional. Que si no adelgazas, te dejan. Y spoiler alert: Alfredo efectivamente la engaña. Y luego… vuelven. ¿Qué quiso decir la película con eso? ¿Que el amor todo lo puede? ¿Que Alfredo la prefería “tal cual era”, pero solo después de su romance laboral? ¿O simplemente no sabían cómo cerrar la historia? No me queda claro. Lo único claro es que a mí parecer y desde un gusto propio, el final no me llevó a ningún lado. 


Y sí, también duele admitir que, aunque quisiera decir que del 2013 para acá el cine ha cambiado drásticamente, la verdad es que no tanto. Al menos no en las grandes productoras ni en lo que se considera la “representación estándar”. Falta camino. Mucho. 


Aun así, entre tropiezos narrativos y buenas intenciones, desde mi trinchera y desde una reflexión muy personal Paraíso me hace confirmar una vez más que el problema nunca fue Carmen ni su cuerpo, pues al final del día no lo cambió y su vida continuó. El verdadero problema es un sistema que pesa más que cualquier número en la báscula; uno que seguimos analizando y comprendiendo poco a poco, aunque todavía falte camino por recorrer.


Y mientras Hollywood decide ponerse al corriente, nosotras debemos seguir exigiendo historias donde los cuerpos gordos existan más allá de la culpa, la comida o su peso… porque, si de algo estoy segura después de ver Paraíso, es que al mal peso no hay que darle prisa, pero al cambio urgente del sistema, definitivamente sí. 


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1 comentario


Hola Lila

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